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High Life (2019)
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Título original: High Life
Año de producción: 2019
Director: Claire Denis
Duración: 1h 30min
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Decía Paul Valéry, en uno de sus más bellos aforismos, que lo más profundo es la piel y, parafraseando al poeta, podemos afirmar sin miedo que en el cine de Claire Denis lo más profundo es la imagen de la piel, del cuerpo. De lo humano, por tanto. Cineasta de lo corpóreo y artista de la superficie, su trayectoria cinematográfica es también una misión de destino (de momento) desconocido que nos habla sobre cómo se inscriben los cuerpos en las imágenes, sus gestos, afectos y anhelos. De los más cándidos a los insoportables y terribles, sea ese tocar que nos aproxima como el que nos distancia violentamente. La manera en que Denis filma a sus personajes, con su cámara acariciando la piel de sus intérpretes, no solo hace tentadora –hasta el cliché– la idea de repetir una y otra vez que el suyo es un cine de lo táctil, pero, como recuerda Jean-Luc Nancy en su evocador Corpus (1994) la necesidad de hablar sobre el cuerpo se ha vuelto ya imperativo. Porque, “¿quién más en el mundo conoce algo como «el cuerpo»?”.


High Life - Cartel

Esa enigmática pregunta recorre abrumadora High Life, la última película de Claire Denis; una misteriosa space-opera con Robert Pattinson y Juliette Binoche y trabajo que, por otra parte, parece querer poner en pantalla los fogonazos teóricos de Nancy en aquel libro, un compendio sobre los límites del cuerpo y más concretamente sobre el cuerpo al límite del ser. No es casual que en High Life la cineasta encierre a sus personajes, un grupo de presos, en una nave viajando hacia una misión suicida en los confines del universo, porque el espacio supone la prisión última del cuerpo, una frontera inabarcable, y a la vez es el lugar perfecto para su apertura, es una extensión oscura e inerte donde, además, la vida se abre camino. “Incluso el vacío es una especie muy sutil de cuerpo”, dice Nancy en sus 58 indicios sobre el cuerpo (2004). Tampoco es casual que esos protagonistas sean convictos, una comunidad a priori inoperativa constituida por ángeles caídos en desgracia a causa de la gravedad de sus actos criminales, porque “si Occidente es una caída, como pretende su nombre, el cuerpo es el último peso […] El cuerpo es la gravedad”, tal y como afirma Nancy. En High Life, Claire Denis, por su parte, transforma la caída de una piedra en un pozo, arma asesina, en un peso moral cósmico. O que esa nave que acoge a los humanos, en lo que es otra de las concomitancias del relato de Corpus con el filme, sea también un lugar donde los fluidos, las poluciones, la inmundicia y los excrementos estén por todas partes y en diferentes estados, de lo líquido a lo vaporoso, y se nos muestren expulsados y siendo reciclados en el continuum de los ciclos químicos .

Pero Denis no ha querido elaborar un largometraje que plasme una a una las ideas de ese libro, a pesar del intenso vínculo intelectual que enlaza las películas de la cineasta con el pensamiento de Nancy (materializado en artículos, conferencias, cintas como Vers Nancy (2002) o L’intrús (2004) y un sinfín de textos académicos). Porque High Life, escrita a cuatro manos junto a su fiel Jean-Pol Fargeau, es sobre todo una película que intenta transmitir la fascinación humana por lo desconocido y por comprender y dar forma a qué sucede más allá de lo finito. Denis, una directora especialmente preocupada en la plasticidad, comparte con el espectador esas inquietudes a través de diversas estrategias formales, desde las tiernas estampas de la bebé co-protagonista descubriendo la extensión –y frontera– de la piel de Monte, su padre, un Robert Pattinson transformado en caballero célibe incorruptible, en lo que es una imagen que replica el hermoso final de Nenette y Boni (1996); hasta esos agujeros negros alucinados, fotografiados esta vez por Yorick le Saux, que parecen estar engulléndose hasta el vacío de su centro a medida que la historia va desvelando poco a poco el objetivo ¿intangible? al que se asoma esa tripulación cada vez más menguada.

Elusiva y elíptica gracias a un magnífico trabajo de edición (Guy Lecorne), High Life va depurando sus objetos de interés mientras avanza inexorable hacia el tercer acto de su relato. Cumplidas ya (casi) al completo las convenciones de la ciencia-ficción, sean de guion o sean las cuestiones filosóficas sobre la tensión de lo humano en medio del vacío, Denis nos arroja ya en el desenlace a un escenario inescrutable que sobrepasa lo abstracto y abraza de manera valiente un nuevo estado, tal vez una nueva dimensión. Hay algo de poesía cuántica – seres duplicados, haces de luz amarilla, voces flotantes– en la manera en que la cineasta lanza los cuerpos de sus protagonistas al otro lado del espejo del universo, como si quisiera replicar visualmente, ya por concluir, las palabras de su amigo Nancy cuando dice que “las imágenes no son apariencias, aún menos ilusiones o fantasmas. Son el modo en que los cuerpos se ofrecen entre sí, son la puesta en el mundo, la puesta en el borde, la glorificación del límite y del resplandor”. La visión de un cuerpo infinito.

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